No preguntes, no digas

Tal vez algunos estamos influenciados por la política “no preguntes, no digas”, porque cuando se trató de decirle a mis padres acerca de mi diagnóstico de VIH-positivo, ¡¡necesité mucha fe y mucho valor!! Esta es mi historia:
Experimenté los mismos sentimientos que un niño puede tener cuando tiene que confesar a sus padres que no ha pasado un curso en la escuela; aunque yo nunca perdí un curso en la escuela. Sentí miedo, estrés y ansiedad pensando en la reacción que podrían tener. Pero permítanme divagar un poquito.

Supongo que siempre he sido “un pequeño príncipe”. Me sentí profundamente amado por mis padres y por mi hermana que es seis años mayor que yo. En muchos aspectos yo era el hijo perfecto. Siempre el primero en mi clase en la escuela y nunca causando problemas a mis padres, hasta que llegué a la Pontificia Universidad Católica del Perú. A pesar de esta rosa descripción de mi infancia y adolescencia, yo no estaba contento. Esto no quiere decir que yo era infeliz, sino más bien tuve la sensación de ser diferente. Algo no estaba bien y yo realmente no sabía lo que era. A menudo me tomaban el pelo  mis amigos diciendo que yo era gay; pero realmente nunca se me ocurrió como una posibilidad. Pero cuando socializaba en grupos mixtos, tenía que beber alcohol para sentirme relajado y poder compartir con los demás.

Cuando tenía 24 años, un primo me mencionó una vez más, sobre los amigos gays. Su declaración despertó la curiosidad en mí y busqué en el internet los lugares donde la gente gay socializaba y secretamente comencé a visitar estos lugares. Me sentí en paz, tal vez porque podía bailar solo, nadie se burló de mí o me molestó y me sentí cómodo en ese ambiente y no necesité de beber alcohol. Entonces también empecé a vivir una vida sexual muy activa y arriesgada. Pero después recibí mi diagnóstico de VIH positivo.

La primera a quien le dije fue mi madre. Siempre he tenido una buena comunicación con ella, así que sabía que no iba a ser tan difícil. De hecho, yo estaba ansioso por decirle lo antes posible, pero antes de eso, le dije que yo era gay. Ese fue un momento un tanto emocional, porque yo estaba llorando cuando le conté, debido a una mala experiencia que me había sucedido. Tenía miedo al rechazo, yo estaba tan asustado, y nadie me había preparado sobre la forma de hacerlo, aunque yo había ido al servicio de psicología de la educación. Estaba tan confundido y solo. Mi madre suavizó las cosas diciendo que ella ya sabía qué era lo que yo quería decirle. A partir de ese día ella estaba más preocupada por la vida que llevaba yo. Ella comenzó a orar más; era una manera de ayudarse a manejar sus preocupaciones.

Después de mi diagnóstico quería una experiencia diferente, así que fui a buscar consejería psicológica para calmar mi ansiedad. Ahí me dijeron que el primer paso era que yo mismo busque información; así que eso es lo que hice. Me enteré de que después que uno es diagnosticado pasa por otras pruebas, las cuales son para indicar la fuerza de las defensas de uno y el nivel de virus en la sangre. Cuando tuve estos resultados me indicaron que las cosas estaban bien. Yo le mostré los resultados a mi madre y le expliqué que mi condición era buena, así que desde ese momento ella se sintió menos preocupada.

Mi madre había sido promotora de salud, por lo que ella estaba al tanto de alguna información; ella sabía que los tiempos eran mucho mejores ahora de lo que habían sido una década antes. Como toda madre, a veces ella se preocupa, pero yo siempre la mantengo informada sobre mis chequeos de salud. Seguí viviendo en la casa de mis padres, pero fue como acostumbrarme a una nueva vida, aprendiendo nuevos hábitos, cambiando otros. Hice el programa de autogestión proporcionado por “Sí, Da Vida” y esto me ayudó mucho. Mi madre se dio cuenta de estos cambios y le gustó lo que vio. Sí, esta vez fue una experiencia diferente, porque estaba más seguro de mí mismo y de la información que compartía. Soy consciente de las preocupaciones de todas las madres, que quieren que sus hijos sean capaces de cuidarse a sí mismos, y como mostré esta madurez, ahora ella está mucho más tranquila.

Con mi padre, la historia fue diferente, porque mi relación con él siempre fue distante y tensa, siempre estábamos peleando. No podía soportar su personalidad, y él sabía que yo tenía más confianza con mi mamá. Además, nunca completó la educación secundaria y yo estaba preocupado de que tal vez él no entendería completamente el tema. Pero después de haberle dicho a mi madre, yo estaba aprendiendo a cómo y cuándo comunicar. Ni siquiera había hablado con él acerca de ser gay. Bueno, eso fue lo primero que le dije. Entré enojado debido a un incidente que me ocurrió en la calle, así que antes de hablar traté de calmarme. Empecé recordándole que siempre he tenido problemas con las burlas y los abusadores, y él me defendía y los intimidaba a ellos. Pero ahora, le dije, soy adulto y tengo que enfrentar yo mismo mis problemas, y  después de esto le hablé de mi orientación sexual. Le dije que yo no quería que él se enterase por un tercero, alguien malicioso, y que si él me veía involucrado en algún problema con respecto a este tema, sería yo quien tendría que resolverlo por mí mismo. Fue un gran momento, nos abrazamos, y días más tarde me enteré de que él lloró con mi mamá, pero no por decepción, sino por alegría de que yo había compartido cosas tan íntimas con él.

Después de que nuestra relación estaba mejor, decidí que podía contarle acerca de mi diagnóstico. Esto ocurrió en una conversación muy común, donde le expliqué que tenía una enfermedad crónica como la diabetes, menos mortal que el cáncer, una vez que se detecta temprano. Le dije que no era como antes, que era sinónimo de muerte. Sé que mi padre siempre ha estado orgulloso de mí por mi dedicación en la escuela, por lo que siempre pidió mi ayuda y creyó en mi palabra, además los lazos de confianza habían crecido desde mi compartir anterior. Él tomó la noticia con más serenidad, también porque le expliqué cómo estaba mi salud, y como siempre me ve en buen estado, no se preocupa.

Mi conclusión es que cuando uno revela un diagnóstico de VIH positivo, depende mucho de cómo uno presenta la información, el estado de ánimo y la actitud con la que se dice, y sobre todo la fuerza de la unión con los padres; si el vínculo es lo suficientemente fuerte, la situación se logra hacer frente. En el caso de mis padres, tuvimos una buena relación y, gracias a Dios, se hizo más fuerte.

Este artículo fue escrito por un participante del programa Sí Da Vida.

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