El Sentido Real de la Eucaristía

De nuestros archivos, Misión Columbana, Enero 2005

Con frecuencia es en los encuentros más sencillos que aprendemos las más grandes lecciones.

Un día estaba yo en mi casa en Juárez, México, haciendo una puerta para mi retrete cuando Miguel Ángel, de 11 años, acompañado de su hermanita Mayra Janet, de 4, se acercaron para ayudarme.

Al poco rato de estar trabajando hice una pausa para poner a calentar en una olla para mi comida, una mitad de pollo que había quedado y después dedicar un poco de tiempo tranquilo a la lectura. Continué luego con el trabajo, ayudando a Miguel a usar el serrucho y a Mayra, que siempre le gusta colaborar en algo, a martillar un clavo.

Alrededor de las dos de la tarde pensé que ya era hora para comer y los envié a casa. En menos de cinco minutos ya estaban de regreso. “¿Ya comieron?,” les pregunté. “No,” respondió Miguel. “¿Por qué?” volví a preguntar. “No lo sé,” me contestó.

Luego, Miguel dirigió su mirada a la casa y me dijo: “Padre, no se le olvide el pollo que está cocinando.” Me hizo gracia su comentario pero también sentí un poco de vergüenza por su referencia tan directa a la comida y pensé que ya no habría una comida y una lectura tranquilas. Invité a mis dos pequeños ayudantes a la casa.

“¿Quieren un poco de pollo?” Dos cabecitas asintieron. “También hay un poco de papas, pero no muchas.” Las cabecitas volvieron a asentir. Tenía además un pan blanco que una de las ancianas del lugar me había dado la noche anterior, después de Misa.

 

Un Festín para Tres

Pusimos la mesa y tuvimos un festín. Cada vez que terminaba una pieza de pollo, Mayra salía corriendo a la puerta, la abría y lanzaba el hueso en dirección del perro y de los dos gatos que luchaban por atraparlo y reía al verlos pelear por el hueso.

Si alguien hubiera sido testigo de la escena no habría notado nada fuera de lo normal: tan sólo un adulto y dos pequeños que comían sus alimentos. Pero, de hecho, un milagro estaba sucediendo. Un niño de once años que no sabía leer ni escribir y su pequeña hermanita de 4 años daban una lección a un sacerdote misionero de 47 años sobre el significado de la Eucaristía.

No hubo luces brillantes ni voces angelicales, pero algo de consecuencia sobrenatural estaba ocurriendo. La que habría sido una comida tranquila con sobras, que probablemente también habrían ido al perro y los gatos, se transformó en un banquete celestial acompañado de risas y parloteo infantiles.

Como todo en la vida, la comida, cuando se comparte, sabe mejor.

 

Abra su Puerta a Jesús

Ya no es sólo comida, sino es alimento; una experiencia comunitaria y una ocasión para la convivencia humana. Si abrimos un poco la puerta, Jesús estará allí para visitarnos. Tal vez venga en las personas de Miguel Ángel y Mayra. Tal vez llegue como un inmigrante o una persona de diferente raza o religión. Tal vez aparezca como un molesto pariente o como alguien con el que usted ha estado disgustado durante más de veinte años.

Abra la puerta. Siéntese y comparta lo que tenga. Asómbrese cuando Dios transforme sus simples dones en alegría y comunidad. Compártase usted a sí mismo con los demás.

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