Los emigrantes comparten su historia


Chile es uno de los países del mundo en desarrollo en términos de infraestructura, economía y negocio con buenos salarios que atraen a trabajadores extranjeros, especialmente de países que no son tan progresivos. En mi día a día en Santiago, me encuentro no solo con chilenos, sino que con personas de diferentes países. Hay personas de Perú, Venezuela, Colombia, Haití, Asia y otras partes del mundo. Algunos son turistas, otros estudiantes, pero casi todos están en busca de un buen empleo. Algunos son regulares lo cual significa que tienen sus documentos legales, pero lamentablemente hay unos irregulares indocumentados. 

Vivir en Chile como un emigrante no es tan fácil sin importar si eres regular o irregular. Por ejemplo, al buscar casa o apartamento, el dueño de la casa pedirá muchas cosas como el contrato de tu trabajo actual, una tarjeta de identificación permanente, una garantía y el dinero de la renta. Si no hay documentos legales, no hay trabajo y sin trabajo no hay contrato y sin contrato, no tienes donde vivir. Los emigrantes son afortunados si conocen a alguien que está dispuesto a permitirles vivir con ellos. Una mujer haitiana que conozco me contó su historia.

Su nombre es Margarette y está casado con tres hijos que aún viven en Haití. Vino a Chile hace 10 meses. Habla muy poco español. En los 10 meses que ha estado en Chile, no ha podido conseguir un trabajo regular ya que no tiene sus documentos. A veces, puede trabajar una semana, pero luego pasa dos sin empleo. Es afortunada si logra conseguir algo por dos semanas ya que puede hacer más dinero para enviárselo a su familia. Usualmente trabaja pelando papas o limpiando casas. Vive con una amiga ya que debido a su situación actual no puede pagar la renta.

Sin embargo, hasta los emigrantes con sus documentos no pueden encontrar donde vivir, así como una señora filipina que conozco. Su nombre es Isabel, tiene 45 años y está casada. Vino a Chile hace 10 años, más o menos. Ha estado aquí legalmente y ha obtenido una tarjeta de identificación permanente. Trabajaba limpiando casas para una familia hasta que recibió malas noticias de las Filipinas cuando le dijeron que su madre había muerto y tuvo que regresar a su país.

El viaje fue una oportunidad para estar con su esposo. Cuando regresó a Chile, no imaginaba que estuviese embarazada hasta que notó algo extraño en su dieta. Fue al doctor para que la revisara y descubrió que estaba embarazada. Cuando su jefe supo de su condición, todo cambio. La trataban distinto porque ella no podía hacer el mismo trabajo que antes.

Luego de 6 meses, se fue de descanso pre-natal. Tenía que descansar hasta que diera a luz. Lamentablemente, su jefe no quiso que se quedara en la casa porque la pensaban inútil si no podía cumplir sus funciones. Le seguían preguntando a Isabel “¿cuándo te vas?” Iban a su habitación solo para hacerle esa pregunta. Isabel se sentía muy estresada, pero pudo llamar a una amiga para que la recogiera de la casa de su jefe. 

Después de irse de la casa, se quedó en el apartamento de su amiga el cual tiene dos habitaciones. ¡En estas habitaciones hay dos familias con recién nacidos! Isabel se quedaba en la sala. Luego de dos días fue al hospital de emergencia y dio a luz a un bebé prematuro mediante una cesárea. El parto prematuro lo más probable fue por estrés. El bebé, nacido después de solo 6 meses, tuvo que estar incubado por tres meses. Ahora el niño tiene casi tres meses y gracias a Dios está saludable y listo para salir del hospital.

Sin embargo, Isabel y el bebé no podrán salir del hospital hasta que ella tenga donde vivir. Isabel y su hijo no pueden quedarse con su amiga nuevamente debido a su situación. Ahora, ella busca un apartamento mientras su bebé está en el hospital, pero no tiene los documentos necesarios para rentar. Son madre e hijo desamparados sin posada.

Estas emigrantes de diferentes países tienen diferentes historias, pero ambas necesitan un hogar y justicia. Ambas mujeres son un ejemplo de la condición de los emigrantes en Chile. Como misionero en este lugar, debo intentar hacer lo mejor para ellas. En este momento, las acompaño y las ayudo a buscar donde vivir. Las ayudo de la única forma que se. Pero creo que no es suficiente. 

Quizás esto es un llamado a la Iglesia y para cada uno de nosotros para abrir nuestras puertas a las personas necesitadas, especialmente los emigrantes. Siempre proclamamos que trabajamos y ayudamos a los pobres, pero en esta situación debemos saber la realidad que verdaderamente enfrentan los emigrantes: pobres ante la justicia, aceptación y atención. Solo espero que nuestras puertas y corazones estén abiertos a los más necesitados porque no son los únicos emigrantes. Todos somos emigrantes en este mundo.

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