En julio de 2025, el aire húmedo de la isla de Jeju llevaba consigo algo más que el aroma del mar; llevaba las oraciones y las risas de veinticuatro jóvenes de Taiwán. Este viaje de cinco días no fue simplemente unas vacaciones, sino un programa de la Sociedad de Invitación a la Misión (SIM, por sus siglas en inglés), cuidadosamente planeado y dirigido por nuestra misionera laica Columbana (CLM, por sus siglas en inglés), Bae Sihyeon. Como sacerdote que sirve junto a ella, encontré una inmensa alegría en esta colaboración. Nuestra labor conjunta fue un testimonio vivo del espíritu sinodal: sacerdotes y laicos caminando, planeando y orando juntos como un solo cuerpo misionero.
Comenzamos nuestro recorrido en el Memorial del Beato Mártir Félix Kim Gi-ryang. Félix, el primero en llevar la fe católica a Jeju, ocupa un lugar discreto en la historia, y su memorial es sencillo. Al principio, me preocupaba que a los jóvenes pudiera parecerles poco impresionante en comparación con los famosos paisajes de Jeju. Me equivoqué.
El momento decisivo llegó durante una sencilla actividad: se invitó a los jóvenes a escribir sus preocupaciones más profundas y sus oraciones en pequeños trozos de papel y a clavar físicamente un clavo en una gran cruz de madera. El rítmico y fuerte golpeteo de los martillos contra la madera sustituyó la habitual charla de los adolescentes. Observé cómo sus ojos se llenaban de lágrimas. En aquella pequeña habitación, el concepto abstracto del “martirio” se convirtió en una realidad tangible. No estaban simplemente contemplando la historia; estaban clavando sus propias vidas en la Cruz de Cristo. Fue precisamente en ese momento cuando dejaron de ser “turistas” y se convirtieron en “peregrinos”.
La experiencia misionera se enriqueció profundamente gracias a un inesperado entramado de solidaridad internacional. Aunque estábamos allí para conocer el legado de los Columbanos, el Espíritu Santo amplió nuestros horizontes. Se unió a nosotros Hongseok, un Columbano coreano que se prepara para su misión en Taiwán, creando así un puente entre el hogar de los jóvenes y la isla que los acogía.
Sin embargo, el encuentro más conmovedor fue facilitado por el P. Peter Dong, el primer sacerdote Columbano chino que trabaja en Corea. Él reunió a un grupo que verdaderamente representaba a una “Iglesia sin fronteras”. Este grupo incluía no solo a jóvenes chinos que viven en Corea, sino también a una delegación especial de China continental, integrada por dos sacerdotes y una religiosa.
Ver a jóvenes de Taiwán, Corea y China continental —territorios frecuentemente separados por complejas cuestiones políticas— compartir el pan y cantar himnos juntos fue un milagro de la gracia. Nos sentamos juntos a la sombra de los oreums volcánicos y conversamos sobre nuestra fe común. Este encuentro fue una poderosa preparación espiritual para la Jornada Mundial de la Juventud de 2027 en Seúl y demostró que el llamado misionero de los bautizados es una responsabilidad compartida que trasciende todas las fronteras humanas.
Nuestro itinerario nos llevó a la Granja San Isidro. Allí, los jóvenes pudieron ver cómo la fe se hace realidad en el desarrollo social y económico. Reflexionamos sobre cómo los pioneros Columbanos no se limitaron a construir iglesias; construyeron comunidades y promovieron la dignidad de las personas.
También visitamos el Parque de la Paz Jeju 4.3. Fue una experiencia aleccionadora sobre la necesidad de la justicia social. Los jóvenes permanecieron ante los monumentos dedicados a quienes perdieron la vida, reflexionando sobre el papel de la Iglesia como fuente de sanación en sociedades heridas. Ya fuera caminando por los bosques o celebrando la Misa sobre las rocas de basalto a la orilla del mar, practicábamos una “teología del camino”. Los jóvenes comenzaron a comprender que la misión se vive en los “momentos cotidianos”: en el trabajo, en la familia y en la manera en que tratamos el medio ambiente.
Cuando abordamos el vuelo de regreso a Taiwán, el grupo había cambiado. El entusiasmo inicial de los “turistas” había dado paso a una fortaleza serena y arraigada. Estos jóvenes regresan ahora a sus parroquias no solo como miembros, sino como discípulos misioneros.
Para mí, esta experiencia reafirmó que la misión más eficaz es aquella en la que sacerdotes y laicos trabajan en una verdadera colaboración. Al seguir el camino sinodal, mostramos a los jóvenes que cada bautizado tiene un lugar en la mesa y una función en la misión. Por medio del programa SIM, no nos limitamos a mostrarles Jeju; les mostramos el latido de una Iglesia que camina unida.
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