Camino hacia la paz

Camino hacia la paz

La tristeza llena mi corazón cada vez que escucho noticias sobre guerras entre naciones. La interminable guerra entre Rusia y Ucrania, el continuo conflicto entre Israel y Palestina, la guerra civil que persiste en Myanmar y la constante tensión entre Pakistán y la India han destrozado innumerables vidas. En medio de estos conflictos, siempre son los pobres quienes más sufren. Son desplazados de sus hogares, obligados a vivir en campos de refugiados y privados de seguridad, dignidad y esperanza. En mi oración, pido continuamente al Señor por la paz, porque solo en la paz las personas —especialmente los pobres— pueden vivir la vida digna y humana que merecen.

Como sacerdote Columbano, la justicia y la paz están en el corazón de nuestro carisma. Al vivir y trabajar en Pakistán, a menudo me pregunto cómo se puede construir la paz en medio de la diversidad religiosa, las tensiones sociales y las dificultades económicas. Con el tiempo, me he dado cuenta de que la paz no siempre comienza con grandes gestos. A veces comienza silenciosamente, en lugares comunes y sencillos, como nuestra pequeña clínica para pacientes con tuberculosis. Como responsable de la clínica, veo cada día cómo el cuidado se convierte en un puente entre las personas. En nuestra clínica, hindúes, musulmanes y cristianos son recibidos sin distinción. Cada paciente es acogido con respeto, ternura y amor. En este sencillo acto de servicio, las barreras disminuyen y se construye la confianza. La sanación se convierte en algo más que un acto médico; se convierte en un signo de paz.

Me inspira profundamente el testimonio del Dr. Zakir Hussein, nuestro médico de planta. Musulmán chiita, el Dr. Zakir ha prestado fielmente sus servicios en la Clínica de la Iglesia Católica de Badin durante casi veintiún años. Todos los viernes, sin falta, ofrece sus conocimientos y su tiempo para atender a los enfermos. Un día, por curiosidad, le pregunté: “Doctor, ¿qué lo ha hecho permanecer tantos años en una clínica católica?”. Él respondió sencillamente: “Atiendo a las personas con dedicación. Para mí no importa si mi paciente es hindú, musulmán o cristiano. Lo que importa es brindarles la mejor atención que merecen. También los considero a usted y al personal de aquí como mi familia. Me preocupo por ustedes y siento el cuidado que ustedes me brindan”.

Sus palabras tocaron profundamente mi corazón. En ese momento comprendí que el cuidado es, en sí mismo, un lenguaje que todos entienden. Traspasa las fronteras que la política, la religión y la historia suelen levantar entre nosotros. El cuidado sana no solo los cuerpos, sino también las relaciones y, en última instancia, las comunidades. Creo que el cuidado es uno de los dones más poderosos que podemos ofrecer a nuestro mundo. Si realmente deseamos una paz duradera, el cuidado debe ocupar un lugar central en nuestra vida.

Recuerdo una breve historia sobre un monje que enseñaba a sus alumnos acerca de la iluminación. Un hombre que sostenía una taza de café fue golpeado accidentalmente por otra persona, haciendo que el café se derramara. Cuando le preguntaron por qué se había derramado el café, el monje explicó: “Se derramó porque eso era lo que el hombre llevaba en la taza”. La enseñanza es clara: lo que llevamos dentro es lo que derramamos en el mundo. Si llevamos ira, miedo u odio, estos sentimientos determinarán nuestras acciones. Pero si llevamos compasión, amor y cuidado, estas virtudes fluirán naturalmente hacia los demás.

A partir de esta reflexión, mi oración ha cambiado. Ahora le pido a Dios que me ayude a guardar bondad, paz, cuidado y amor en mi corazón, aun en medio de los desafíos cotidianos de la vida misionera en Pakistán. Constantemente me recuerdo que mi modelo es Jesucristo. En su nacimiento, los ángeles proclamaron: “Gloria a Dios en las alturas y en la tierra paz a los hombres de buena voluntad”. La paz estuvo en el corazón de su venida. A lo largo de su vida, Jesús demostró que la paz nace del amor, se expresa mediante el servicio y se sostiene por la compasión.

También he aprendido que Dios no siempre me concede la paz como respuesta inmediata a mis oraciones. En cambio, Dios me ofrece cada día oportunidades para convertirme en instrumento de paz. Cada día se me invita a elegir el cuidado en lugar de la indiferencia, la acogida en lugar del miedo y el amor en lugar de la división. Cada día tengo la oportunidad de compartir la paz que llevo dentro: conmigo mismo, con mi familia, con las personas que encuentro en la misión y con este mundo herido.