La monedita de la abuela

La monedita de la abuela

El 2 de octubre de 2021, durante una Misa de apertura en Roma con motivo del inicio del proceso sinodal de dos años, según informó Christopher White en el National Catholic Reporter (NCR), el difunto Papa Francisco dijo: “Todo encuentro, como sabemos, exige apertura, valentía y disposición para dejarnos interpelar por la presencia y las historias de los demás”. Tuve el privilegio de vivir un encuentro de este tipo que cambió mi vida.

Durante años, siempre que me ha sido posible, he ayudado en las Misas de promoción misionera aquí en Filipinas junto con nuestro activo y entusiasta coordinador de promoción misionera en Mindanao, el Sr. Bernardo Durangparang. Un día, mientras distribuía boletines afuera de la catedral de la ciudad de Pagadian, se me acercó una anciana que vendía velas y me preguntó: “¿Qué está haciendo, Padre?”. La miré: estaba un poco encorvada, tenía el cabello canoso y un rostro amable. “Somos misioneros Columbanos y estamos realizando una campaña misionera en su parroquia para agradecerles a todos su continuo apoyo por medio de sus oraciones y ayuda económica”. Pareció satisfecha con mi respuesta. Luego regresó al lugar donde tenía sus velas a la venta.

Unos minutos después, se acercó nuevamente y me dio diez pesos (más o menos el equivalente a 0.20 dólares estadounidenses) como donativo para nuestra misión. Miré su rostro sonriente. En el fondo, sabía que se ganaba la vida no solo para ella, sino también para sus nietos. Así que, en lugar de aceptar su dinero, se lo devolví. Con toda sinceridad le dije: “Gracias, Lola (“abuela”), por ser tan considerada, pero creo que usted lo necesita más que nosotros”. Para mi sorpresa, me suplicó: “Por favor, Padre, acepte mi pequeña ayuda para su misión. Yo voy a estar bien”. Desconcertado por su respuesta, me quedé sin palabras por un momento. Después, la abracé y le di las gracias. ¡Qué gran muestra de generosidad y bondad! Cuando me quedé solo, me sentí avergonzado y, al mismo tiempo, profundamente conmovido por su humildad. Sin embargo, mi corazón estaba lleno de alegría y gratitud por aquella experiencia.

Han pasado diez años y todavía recuerdo aquel encuentro como si hubiera ocurrido ayer. Fue un regalo que continúa enseñándome valiosas lecciones sobre la providencia divina, reveladas de manera admirable en el relato de la ofrenda de la viuda (Lc 21,1-4). Al igual que aquella anciana que vendía velas, la viuda de este pasaje dio todo lo que tenía, sin quedarse con nada más que su confianza en la providencia divina de Dios. ¿Qué le quedaba entonces para cubrir sus necesidades y sobrevivir uno o dos días más? Y si tenía un hijo que alimentar, ¿qué haría? En lugar de buscar respuestas a estas preguntas, me dirigí a Dios en oración y le pregunté: “¿Cómo puedo corresponder a nuestros generosos benefactores?”.

Participar en la organización de retiros para los amigos y benefactores de los Columbanos me ha brindado oportunidades para expresar mi gratitud a la multitud de generosos amigos de los misioneros Columbanos aquí en Filipinas. Encontrarme con ellos cara a cara, escuchar sus historias sobre su primer encuentro con los misioneros Columbanos, compartir los alimentos y orar con ellos y por ellos ha profundizado mi aprecio por su discreto acompañamiento y apoyo a nuestras misiones. Son personas sencillas, comunes, bondadosas y generosas, muchas de las cuales ni siquiera quieren que se mencionen sus nombres y que, a su manera y con sus pequeñas contribuciones, impulsan nuestros esfuerzos misioneros. Sin embargo, están ahí, presentes como una neblina que se filtra y penetra por las rendijas de las puertas de nuestra vida, entrando silenciosamente y enriqueciéndonos con la profundidad de su fe y su confianza en Dios. Las intenciones de oración que leo durante nuestra Misa habitual por los benefactores Columbanos demuestran su profunda confianza en Dios y su preocupación desinteresada no solo por sus seres queridos y amigos, sino también por quienes sufren a causa de diversas calamidades y guerras en distintas partes del mundo.

Uno de los desafíos de la misión en la actualidad es el abrumador y aparentemente insaciable afán de poder de quienes tienen autoridad, que provoca oleadas de sufrimiento y desesperanza en la vida de muchas personas inocentes. “La monedita de la abuela”, como cariñosamente llamo a aquel encuentro inolvidable, tiene algo que ofrecernos a quienes, a pesar de las dificultades aparentemente insuperables que enfrentamos hoy, seguimos trabajando por un mundo justo y pacífico. Estamos llamados a ofrecer a quienes lo necesitan lo que tengamos, de la manera que podamos, por poco que sea. La grandeza de la monedita de la abuela, al igual que la de la viuda del Evangelio, no radica tanto en lo que dan, sino en su profunda confianza en el Dador, que nunca les falla. Estamos llamados a imitar esa misma confianza.

Creo que un pequeño acto de bondad, como una pequeña vela que todos podemos encender juntos, hace que este mundo oscurecido sea un poco más luminoso. No podemos ceder ante la desesperanza. No podemos permitir que la oscuridad que nos rodea nos venza. Tenemos que hacer algo. Ese algo podría ser simplemente como “la monedita de la abuela”. Creo que es suficiente.