A los miembros de la Archicofradía de la Virgen de la Cinta de Tortosa, España (12 de abril de 2019)

DISCURSO DEL SANTO PADRE FRANCISCO
A LOS MIEMBROS DE LA ARCHICOFRADÍA DE LA VIRGEN DE LA CINTA DE TORTOSA, ESPAÑA


Sala Clementina
Viernes, 12 de abril de 2019

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Queridos Cofrades y devotos de la Virgen de la Cinta:

Me alegro de recibirlos aquí con motivo del cuarto centenario de la fundación de esa asociación de fieles consagrada al culto de nuestra Madre. Saludo a Mons. Enrique Benavent, obispo de Tortosa, y a la señora Meritxell Roigé, alcaldesa de la ciudad, que los acompañan en esta peregrinación.

La cofradía de Nuestra Señora de la Cinta ha estado desde su comienzo vinculada al sucesor de Pedro. Pocos meses después de la constitución de la hermandad, aprobada por el obispo de esa ciudad, Luis de Tena, quisieron que fuese confirmada por el papa Pablo V. Y ahora, con esta peregrinación a la tumba de Pedro, desean renovar ese vínculo de comunión.

Este gesto de adhesión no es algo del pasado que suscita solo un mero interés histórico, sino que mantiene viva su actualidad. Ustedes se llaman hermanos, cofrades, y de esa manera ponen de manifiesto la realidad fundamental de nuestras vidas, que todos somos hijos de Dios. Etimológicamente, cofradía significa «unión de hermanos». Pero no basta con decir que somos hermanos, sino que hay que recordar siempre esa unidad “fundacional” que nos marca como tales. Los hermanos —sabemos— con frecuencia discuten, y se pelean por tantas cosas, pero aun cuando eso suceda, saben mantener siempre viva esa búsqueda de un bien que no puede excluir la paz y la concordia entre ellos. Y cuando no logran hacerlo, sufren. El vínculo de la caridad que en cuanto cofrades los une con su Obispo y, a través de él, con el Papa, constituye un don importante que los enriquece pero que también comporta una misión: la de ser fermento de solidaridad en la sociedad.

Mirando el ejemplo de María estamos llamados a llevar esa fraternidad a todos los rincones de la sociedad. Ustedes están presentes en diferentes realidades eclesiales en vuestra diócesis, de esa manera colaboran para que la Iglesia sea ante todo casa, familia, lugar de acogida y de amor, en la que todos, especialmente los pobres y marginados, puedan sentirse parte y jamás verse excluidos ni rechazados. Viviendo de este modo la fraternidad se convierte en misión, que interpela y no deja indiferentes, pues el amor mutuo que sale y se dirige hacia los demás es nuestra carta de presentación. Así, incluso los que no tienen fe, podrán decir aquel elogio de Tertuliano: «Miren cómo se aman» (Apologeticum, 39: PL I, 471).

Vivir de esta manera, como hermanos unidos, supone esfuerzo y renuncia, pero les aseguro que merece la pena, porque es un signo ante la sociedad que siempre está dividida, no es moda de ahora, siempre estuvo y es un pecado social dividirnos. Por eso toda manifestación de hermandad, de solidaridad ayuda. Los animo en su tarea para que sean signo ante el mundo de esa fraternidad que viene de Dios.

Que el Señor los bendiga y sostenga siempre, y que la Virgen Santa los cuide y los acompañe en este trabajo de consolidar la fraternidad.

Y, por favor, no se olviden de rezar por mí.

Muchas gracias.

 

 
 
 

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