Volvimos a ser gente


Se oían los silbidos del viento mientras arremataban contra puertas y ventanas. La lluvia se colaba por la ventana llenando armarios y habitaciones de agua. Zomaira corría hacia el balcón de la habitación de su hijo con una espada plástica para cerrarla después de que el viento intentó arrancarla de las paredes. En la oscuridad se oía el llanto de mi tía y los gritos de mi tío quien se cubría los oídos. Había perdido la noción del tiempo y estaba muy asustado. La mañana del 21 de septiembre, Puerto Rico ya era otro.

Muchos fueron los que amanecieron sin techo, sin hogar, con familias más pequeñas y con pocas esperanzas. Igxie regresó a su casa a encontrar que de ella no quedaba ni un rastro. El vecino de Brunny, que antes ni le hablaba, ahora iba a verla por cualquier cosa para asegurarse de que estuviera bien. El huracán María no discriminó y dejó a la Isla viviendo mucha necesidad. Lo poco que quedaba ya no se dividía por familia, era para la comunidad. Y esto se debe a que la falta de electricidad no nos dejó con otra opción más que ir a buscar a nuestros amigos y familiares en sus casas para verificar que estuvieran bien.

Ya a más de un año del huracán Kathy me dijo las palabras que inspiraron el título de este artículo: “en esos días sin internet y sin teléfono aprendimos a hablarnos cara a cara, aprendimos a visitarnos más, a querernos más y en ese aspecto creo que volvimos a ser gente.” A pie tuvieron que salir muchos, machetes en mano, para ir abriendo camino. Las comunidades eran otras. Ya nada se veía igual, pero por primera vez en mucho tiempo, la gente volvió a reconocerse.

No se iba nada más un momentito en el carro a decir hola y adiós, ahora ibas y sobre la estufa eléctrica te colaban el cafecito con una media. Y ahí te quedabas, en la oscuridad, pero riéndote a carcajadas con tu vecino. Por fin ibas a darte la vuelta por casa de tu mamá, que tantas veces te pedía que la visitaras. Y sí, fue duro vivir sin electricidad, pero fue bonito poder hablarnos de frente una vez más. Y nos entendíamos mejor porque todos llevábamos tanto miedo, tristeza y dolor que entre nosotros solos nos entendíamos.

Emmanuel me contó tiempo después que la mayor marca del huracán está en la salud mental. Él, al igual que mi primo Víctor, todavía sufren de estrés postraumático cuando se escuchan fuertes lluvias y ventoleras. A muchos les ha tocado una carga emocional que ha terminado hasta en suicidio. Pero eso también es parte de ser gente nuevamente. Ser vulnerables. Y esta vulnerabilidad nos ha llevado a la apreciación y la empatía. 

Habían filas para gasolina y hielo en donde se formaron amistades prestando teléfonos o llevando algo de alegría. Laura me contaba que entre vecinos y hasta desconocidos se compartían meriendas o se dividían unos para guardar el espacio en la fila y otros para buscar algo de comer. Como ella dijo: “el puertorriqueño…sin importar si conoce a quien está ayudando, lo ayuda porque le nace y porque el de al lado es mi hermano.”

Familiares de fuera traían o enviaban artículos, gente que compartía su agua, su hielo, sus plantas eléctricas con los vecinos. Así fue el caso de Víctor que no solo compartía de lo que tenía, sino que ayudó, junto con su universidad, a muchos estudiantes a poder salir adelante. Recordamos que la vida no es todo para mí, que todos los recursos con los que Dios nos ha bendecido son para el beneficio de la comunidad.

Y aprendimos una cosa muy importante: lo que es sentir necesidad. Mucho antes de María, la Isla estaba pasando necesidad, pero cuando nos tocó vivirla a todos fue cuando verdaderamente reconocimos lo que significaba. Después de María, un plato de comida caliente o un vaso de agua valen oro y no se lo negamos a nadie. El Boricua siempre ha tenido un gran corazón cuando pasan cosas como María en otros países, y ha sido hermoso ver esa misma bondad con nuestra propia gente y con nuestra propia familia que como dijo Glenmarie: “fue única sin interrupciones de artefactos.” 

Esto lo digo sin borrar la realidad de que María fue horrible, pero nos hizo más fuertes y más unidos. A pesar de la falta de apoyo de los gobiernos, hemos salido adelante porque hemos trabajado juntos, tanto gente de la Isla como de afuera, para volver a hacer de Puerto Rico la Isla del Encanto. María nos quitó mucho, pero también nos devolvió una humanidad que solo se puede vivir cuando estamos alejados de las distracciones modernas y volvemos a ser gente.

Maria Eugenia Cardona

por Maria Eugenia Cardona

Maria es editora de la revista Misión Columbana y trabaja en la oficina central en Omaha Nebraska.

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