Regreso a Casa, Sacerdote Columbano visita el orfanatorio que una vez fue su hogar


Unos días antes de Semana Santa, recibí una llamada telefónica de Rosario Vargas, trabajadora voluntaria en el Puericultorio Pérez Araníbar, un orfanatorio para niños pobres en Perú. Ella llamaba para preguntar si estaba sin compromiso el siguiente domingo para celebrar la Santa Misa para casi trescientos niños en la capilla del orfanatorio. Al principio me sorprendió la llamada, pero después de hablar con Rosario durante unos cuantos minutos estuve de acuerdo en celebrar la Misa.

El sábado, al preparar las cosas para la Misa, experimenté una serie de emociones encontradas. No había celebrado la Misa para niños a menudo, y al día siguiente la estaría celebrando para trescientos niños, de 5 a 18 años de edad. Otra emoción que pesaba grandemente en mi mente era el hecho de que yo había pasado mi niñez y adolescencia en ese mismo orfanatorio, y ahora regresaría 35 años después, ya como sacerdote misionero.

El domingo acudí a celebrar la Misa en el orfanatorio. En la puerta principal, Charito me esperaba con una gran sonrisa en los labios. Me explicó la manera en que ellos celebraban la Misa. Me sentía un poco nervioso al entrar a la sacristía, ya que muchos recuerdos acudieron a mi mente. Hasta el aroma del lugar me resultaba familiar.

Entré a la sacristía. Afortunadamente, los niños me recibieron con sonrisas hospitalarias, y yo les devolví la sonrisa. Me revestí con las vestiduras de la Misa y salí al altar. La Misa fue muy conmovedora y llena de emociones. Al final, saludé a Charito y a los Hermanos del Instituto del Sagrado Corazón, a cargo del hogar infantil. Cuando terminó la Misa, regresé a casa.

Más tarde durante el día, Charito me convenció de ayudarles en las celebraciones de Semana Santa, y acepté de nuevo. Este fue el inicio de una larga amistad con Charito y su familia, y también con el Hno. Juan José Zabalza, un español que ha estado trabajando en el orfanatorio durante veinticinco años.

Ya han pasado cuatro años desde que oficié esa primera Misa en el orfanatorio. He regresado alegremente a “casa” cada domingo y festividad para celebrar la vida y dar esperanza a los niños pobres y huérfanos de Perú. Me da gusto colaborar en algo con la institución donde pasé mi infancia.

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