Un encuentro de culturas


El 1 de agosto de 2017, viajé desde Corea hasta las Filipinas a estudiar inglés. Cuando llegué, estaba impresionada con mi bienvenida en el aeropuerto NAIA en Manila porque, aunque era medianoche, había mucha gente esperando a sus visitantes. Estaba preocupada sobre como conseguiría a las personas que venían a buscarme y así comenzó mi segundo término en la vida misionera en las Filipinas: llena de ansiedad y miedo. 

Luego de una corta orientación, comencé mis clases de inglés con el entusiasmo de que estaba adentrándome en una nueva cultura. Estaba estudiando ingles en una escuela muy cercana a la casa de los misioneros laicos – a solo 3 paradas de tren. Todos los días en mi camino vería familias sin hogar en las calles lo cual me sorprendió porque no eran uno o dos individuos, eran parejas con hijos. Una hasta estaba embarazada. “¡Dios mío!, era pobres y parecían no tener suficiente dinero para mantener a sus hijos. Duermen, cocinan, comen y hasta se bañan en la calle. Estaba preocupada por la salud de los niños. Me sentía impotente ya que no podía hacer nada al respecto aparte de rezar. Si llovía fuertemente, me preocupaba aún más pensando en donde se quedarían. Llenaba mi corazón de dolor y tristeza. Recé por ellos cada momento de cada día.

En la escuela de idiomas conocí muchos estudiantes. Había hermanas religiosas, hermanos, sacerdotes, misioneros y seminaristas de diferentes nacionalidades. Tuve que adaptarme a una nueva cultura y un nuevo ambiente. Empatizamos el uno con el otro al compartir el hecho común de que éramos religiosos y no hablábamos inglés. Recibí mucho ánimo de su parte, incluyendo los maestros. Me ayudaron a ajustarme a mi nueva vida en las Filipinas al igual que me ayudaban con mi inglés. Siempre rezábamos antes de la clase. Sentía que ellos me entendían. Estudiar inglés por un año no es suficiente tiempo, pero me dio la seguridad que necesitaba y estoy muy agradecida de que los Columbanos me dieron esta oportunidad. 

Mientras estudiaba inglés, recibí noticias de mi familia de que mi tío había muerto. Fue un golpe fuerte para mí y quería ir a la misa del funeral. Fue un tiempo muy difícil y desafiante para mí. Después de eso tuve otros dos funerales en mi familia dentro de el mismo año. Estaba entristecida con estas noticias tristes y eso reflejaba cuanto valor la vida tiene para mí.

Ser misionera muchas veces viene con muchos retos. Uno de ellos es el idioma, el cual fue un verdadero reto para mí. Mi papá solía decir “aprender es un camino sin fin.” Especialmente cuando uno se refiere a los idiomas, debemos aceptar las diferentes culturas y entendernos para intentar vivir en harmonía.

¡Gracias, Dios! Como misionera laica Columbana, he aprendido muchas cosas durante mi tiempo en las Filipinas y he crecido en mi apreciación hacia los Columbanos y sus familias

 

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